Cómo y donde llorar

La Gruta, Octubre del 2000.

Las vueltas de la vida suele ponernos en situaciones donde un buen llanto puede ser la consecuencia natural.

Es verdad que siempre existe la tentación de hacerse el insensible "soy macho y me la banco", es decir pretender que "acá no pasa nada", pero no por mucho negar las cosas desaparecen y el precio de querer ignorar lo que nos pasa se paga con enfermedad, más tarde o más temprano.

El otro camino no es hacerse el macho, sino ser muy hombre y llorar como un niño. Porque cuando se viene la tormenta ser hombre no es negarla, sino enfrentarla y sentirla con toda su fuerza.

De ser posible (muy rara vez ocurre) es importante tener muy claro por que motivo derramamos nuestras lágrimas. Llorar por llorar no está del todo mal, pero si buscamos desahogarnos seriamente, es necesario identificar cual es la razón de nuestras penas (preferentemente que sean razones importantes).

Ahora estamos en condiciones de "disfrutar" nuestro llanto. No es que uno sea masoquista, sino que cuando es preciso sufrir una pena, cuanto antes empecemos y cuanto mejor crucemos esa tormenta, mucho mejor para todos.

¿Dónde llorar?.

Llorar frente a gente cercana suele ser difícil (uno suele inhibirse) y es un poco injusto. ¿Que culpa tienen de nuestras penas?. Uno debe llorar para sentir en su plenitud el desconsuelo de nuestros pesares, llorar buscando consuelo en otros es hacer un poco trampa.

¿Dónde sentir el desconsuelo en su plenitud?.

La experiencia me demostró que determinadas circunstancias generan estados muy propicios a un honesto llanto.

Caminar muy lentamente por la calle Florida (calle peatonal, céntrica, muy concurrida) en hora pico, preferentemente en dirección contraria a la masa de gente de camina apurada y enajenada. La sensación de soledad y desolación es muy fuerte, no es necesario ocultar el llanto, nadie se percata, sencillamente porque a nadie le importa.

El interior de un boliche bailable una noche cualquiera. La soledad que se observa y se siente en esos ámbitos es devastadora. Lo estruendoso de la música y lo confuso de las luces dan una escenografía ideal al llanto, se suma la ocasional euforia de esa masa de extraños, el contrapunto es impactante.

Una plaza cualquiera también es un lugar propicio. Es importante hacerlo lejos de los niños que pudieran estar por ahí, ellos pueden vernos y contagiarse nuestro sufrimiento (a ellos no le es indiferente el llanto de un extraño).

Con un poco de suerte podremos sentirnos suficientemente solos y desamparados como para llorar sin pudores.

En algún momento, nadie puede adelantar cuando será, las lágrimas se acaban y uno puede seguir adelante con su vida, buscando nuevos y buenos motivos por los cuales volver a llorar, o si tenemos suerte, encontrar nuevos y buenos motivos por los cuales sentirnos felices.

Vale la pena.

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